Palabras sanguinolentas

Ella es una voz infinita,
no es luz en la sombra ni fuego que consuela.
Más bien pesadilla recurrente que tortura y consume,
aún así, el amor que muchos anhelan.

Hace tanto que se fueron los cielos azules,
el aire fresco de la tarde y las risas de las muchachas;
hoy solo quedan nubes negras y sus palabras sanguinolentas.

Ella es voz infinita
belleza maldita
pena y lujuria
locura dormida.

Voy por el camino de las consciencias perdidas,
pisando cráneos, pensando en frases muertas,
todo para volver a escuchar cuánto me desprecias.

Luna Negra

He vagado largos y turbulentos sueños, siempre solo. La semilla que fue plantada germinó y ascendió, siempre enredada a mis ideas.

Ahora no duermo más, la Luna Negra por fin está aquí, atenderé puntual a la cita, esta noche llega la Cabra Negra y la contemplaré recorrer la Tierra, y sus diez mil retoños se alimentarán del miedo y la sangre de todos.

El Círculo de Ouican – Parte Primera

La presente historia fue encontrada el 21 de marzo del 2009, dentro de una botella que flotaba en la Gran Laguna de Catemaco, Veracruz.

Fue enviada a mí, Rafael Cadena para darla a conocer a través del diario digital El Vigía del Puerto.

El texto es el siguiente:

Se supone sería un sepelio cualquiera pero hubo pequeños detalles que no escaparon a mi caletre.

Uno de ellos por ejemplo fue en el velorio, el féretro estuvo todo el tiempo cerrado; y aunque concurrieron pocos, ninguno de los presentes hizo el intento de asomarse a despedir al muerto ni por error, sin embargo; la mayor parte de ellos murmuró, lo que para muchos serían disparatados rumores.

Otro; lo que sucedió esa inusual mañana invernal en el panteón veracruzano. La inhumación de Don Francisco aconteció mucho antes de la hora señalada, sólo la viuda y un sacerdote estuvieron presentes; claro, y yo a lo lejos, entre las tumbas, tratando de mezclarme con los fantasmas.

Tras el enterramiento, los dos asistentes salieron juntos del cementerio; y de la misma forma se marcharon en un auto negro. Desde luego, abordé un taxi y los seguí. Durante el trayecto medité al respecto de lo extraño que había sido que nadie más hubiera asistido al acto, pero lo atribuí a la superstición de la gente y los rumores que circulaban sobre el supuesto pacto del finado con Satanás;  bisbiseos que tal vez no estaban del todo equivocados.

Cuando por fin llegaron a su destino, la Catedral de Veracruz no fui capaz de seguirles más allá de la nave central del templo, colocándome casi frente al altar. Aunque no logré penetrar más, obtuve información muy valiosa de un seglar muy comunicativo, que se encontraba por ahí haciendo las faenas en el templo.

Me dijo que la mujer que acompañaba al clérigo era Rosalía Valencia, viuda de Don Francisco Núñez, potentado local, recién fallecido y de quien ahora la iglesia resguardaba sus restos, más bien cenizas.

— ¿Cómo, no lo enterraron, no es eso algo impensable para un católico? —traté de azuzarle.

—Si yo le dijera; hubo entierro, porque lo hubo pero no sé qué metieron en el ataúd, porque dicen que los restos del señor, que eran pocos, estaban en terribles condiciones y tanto el padre como la viuda acordaron incinerarles y resguardarles aquí en el templo para salvarlo de sus pecados —hizo una pausa y me miro—. No sé si usted sea creyente, pero déjeme decirle que quien hace pacto con Lucifer no tiene perdón, no señor —. Entonces se despidió y siguió con sus tareas.

Ciertamente me había dado algo en qué pensar; si las cenizas de Don Francisco estaban aquí ¿qué demonios había en el féretro? ¡Claro! ¡El libro! El Don debió haber dejado instrucciones claras de enterrarlo para que no fuera encontrado por nadie más. Regresé de inmediato al panteón y hablé con los sepultureros, tras acordar un soborno satisfactorio para todos, me dijeron que volviera por la noche, cuando los administradores del lugar se marcharan.

Esperando la complicidad de la noche recordé entonces como hace poco más de un año durante el Carnaval de Veracruz, en una de las tantas coloridas cantinas del Puerto, escuché fanfarronear a Rómulo de Albacete, quien se decía teúrgo y alardeaba de tener sometido a un tal demonio Rofocale.

Tonterías de ebrio o no, lo cierto es que estaba derrochando dinero y eso llamó la atención inadecuada. Al salir del bar, como era de esperarse un par de tipos quisieron asaltarle pero yo intervine; por fortuna los maleantes estaban tan ebrios como él, por lo que defenderle y ahuyentarlos no fue problema, lo que me granjeó su confianza. Así que seguimos la parranda en unos cuantos bares y cantinas más; en la plática me contó que era teólogo de profesión y que con el tiempo cultivó los saberes ocultos y siempre enfatizó el gran triunfo que significó superar la ardua búsqueda de entre los falsos grimorios para hallar el verdadero, el único que les había dado hace algún tiempo enorme riqueza y poder.

Ya casi al amanecer, mientras sujetaba el último trago de whisky con la siniestra y estrujaba uno de los senos de la mujer que tenía en su regazo con la diestra me dijo con la cara descompuesta que pronto, junto a sus amigos tendrían en su poder el Gran Libro de los Esenios, el cual les daría poder y control sobre fantásticas criaturas de grandes poderes bélicos.

Continuará.

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